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Lunes 11 de Diciembre del 2017

Noticias de Salud

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Aumento de las transaminasas

Son muchas las consultas que recibimos relacionadas con este tema, y aunque se trate de una cuestión compleja hemos tratado de hacer un pequeño resumen insistiendo en aquello que nos parece importante.

¿QUÉ SON?

Las transaminasas son unos enzimas que se encuentran en las células del hígado y cuya función es ayudar en la síntesis de los aminoácidos que componen las proteínas. Las más conocidas son la alanino aminotransferasa (conocida como GPT o ALT) y la aspartato aminotransferasa (conocida como GOT o AST).

Ambas están presentes en suero en concentraciones inferiores a 30-40 UI/l, aunque el valor de referencia puede variar de un laboratorio a otro. Su determinación se incluye hoy en día en cualquier análisis que se solicita de forma rutinaria.

Existe una tercera transaminasa que también suele valorarse en las pruebas de función hepática, la gammaglutamil transpeptidasa (GGT).
 

¿POR QUÉ AUMENTAN?

En general, el aumento de las transaminasas nos indica que hay daño en las células del hígado. Sin embargo, esto no es así siempre, ya que una de las transaminasas, la GOT o AST, se encuentra también en otros órganos y, por ello, algunas enfermedades no hepáticas también pueden ocasionar su elevación; por ejemplo, enfermedades del tiroides, enfermedad celiaca, enfermedades de las vías biliares o procesos musculares, entre otras.


¿CÓMO INTERPRETAMOS ESA ELEVACIÓN?

El rango de elevación (mayor o menor) nos puede orientar sobre cuál es la causa:

  • Una elevación brusca e importante de las transaminasas (de más de diez veces su valor normal) indica la presencia de una enfermedad aguda del hígado. En un porcentaje muy alto de los casos, suele tratarse de una hepatitis viral (A, B y C fundamentalmente), y se suele acompañar de cansancio e inapetencia, así como de oscurecimiento de la orina y decoloración de las heces. 
     
  • Otras veces, encontramos elevaciones leves o moderadas (menos de diez veces su valor normal) que persisten en el tiempo. Lo primero que solemos hacer es repetir las pruebas de función hepática a los dos o tres meses para confirmarlo, aconsejando no tomar ninguna bebida alcohólica en este periodo. Si las cifras siguen elevadas, hay que sospechar entonces la existencia de una alteración crónica, siendo las más frecuentes la hepatitis crónica por virus C, la hepatopatía grasa no alcohólica (“hígado graso”) y el daño hepático causado por el alcohol.


¿Y SI HAY ANTECEDENTES EN LA FAMILIA?

Es muy importante que el médico haga una historia clínica, donde preste especial atención a los antecedentes personales y familiares, a las posibles actividades de riesgo (consumo de alcohol, ingesta de medicamentos o de productos de herboristería, transfusiones, tatuajes realizados en establecimientos carentes de las medidas higiénicas básicas…) y a los síntomas actuales para poder interpretar las alteraciones analíticas. En función de los datos obtenidos se decide cuáles son las pruebas complementarias que hay que hacer en cada caso (determinaciones analíticas y ecografía abdominal, fundamentalmente). Si a pesar de todas estas pruebas no se llega a un diagnóstico definitivo, se debe valorar la realización de una biopsia hepática.
 

CUIDADO CON LOS MEDICAMENTOS Y EL ALCOHOL

  • Muchos medicamentos pueden causar un aumento de las transaminasas, algunos tan habituales como determinados antiinflamatorios, fármacos para controlar el colesterol –como las estatinas– o antibióticos. Si se produce este aumento, es preciso retirar el fármaco sospechoso y comprobar que los valores vuelven a la normalidad.
     
  • Las mujeres suelen ser más sensibles al alcohol que los hombres, porque lo eliminan más lentamente. Por eso ellas pueden desarrollar enfermedades hepáticas después de haber consumido menos cantidad de alcohol. 
     

¿CÓMO PROTEGEMOS EL HÍGADO?

  1. Llevando una dieta completa y equilibrada, rica en fibra y pobre en grasas.
     
  2. Manteniendo el peso adecuado. Es importante evitar el sobrepeso.
     
  3. No consumiendo alcohol.
     
  4. Evitando la automedicación, incluidos los productos de herboristería, y especialmente los fármacos dañinos para el hígado.
     
  5. Protegerse frente a las hepatitis virales con correctos hábitos higiénicos: lavarse las manos después de ir al baño, no compartir artículos personales como cepillos de dientes o máquinas de afeitar, mantener relaciones sexuales con protección, hacerse tatuajes en centros autorizados…). Una buena medida es vacunarse frente a la hepatitis A y frente a la hepatitis B.
     
  6. Evitando estar en contacto con sustancias químicas que puedan resultar potentes tóxicos hepáticos.
     

La obesidad, la diabetes, el aumento de las grasas en sangre o la pérdida de peso acelerada son algunos factores de riesgo del “hígado graso”.

 

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